Un espacio virtual para compartir palabras con los alumnos del IES San Andrés (León).


martes, 11 de diciembre de 2018

Jorge Manrique. Coplas a la muerte de su padre otras cosas medievales.


Actividad 1. Haz todos los ejercicios menos los dos últimos.
Actividad 2. Las tres vidas.
Actividad 3. Repasando momentos literarios medievales.
Actividad 4. Repasando obras medievales.
Actividad 5. Crucigrama medieval.
Actividad 6. Contexto histórico y social de la Edad Media.

LIM sobre las Coplas de Jorge Manrique

Coplas a la muerte de su colega. Luis García Montero

Nos ha escrito DAVID FERNÁNDEZ SIFRES


QUERIDO ALUMNADO DE 3º B,

David Fernández Sifres, el autor de El faro de la mujer ausente, ha leído vuestras reseñas sobre la novela en nuestro librofórum sobre ella y ¡¡nos ha escrito!! Esto es lo que nos dice.

El faro es una historia que se cocinó muy despacio. Supe que quería escribirla en la primavera del año 2001 y, aunque la empecé, no la terminé hasta el 2011. Diez años, nada menos. Obviamente, no estuve diez años escribiéndola, pero sí fue un proceso más o menos continuo, al menos en mi cabeza.
Como Hugo, gané una beca para hacer un curso de perfeccionamiento de francés en Francia, en Rouen, concretamente, y yo era el único español. Pero si decidí escribirla fue sobre todo porque me impresionó el Museo de Caen y visitar las Playas del Desembarco. Tuve la sensación de que las guerras estaban mucho más cerca de lo que creíamos y que si a mí me había tocado ir a esas playas a un curso de francés y no a morir en una guerra era solo por la casualidad de haber nacido en tiempo de paz. Pensar que sobre la arena que yo pisaba habían muerto miles de chicos de mi edad me dejó muy tocado. 
Traté de contarles todo esto a mis amigos de León, pero no me hicieron mucho caso. Por eso decidí escribir El faro, para contar cómo algo que había ocurrido cincuenta años atrás podía aún afectar mucho a chavales del presente, como me había ocurrido a mí.
Puedo decir que el trabajo fue difícil porque la trama se complicaba y exigía una respuesta a la altura, que no quedaran hilos sueltos y que todas las piezas encajaran. Y, ante todo, quería hablar de reconciliación y del absurdo de las guerras. Entre mis compañeros del curso de francés los había de muchas nacionalidades, también alemanes y británicos. Recuerdo que nuestra estancia allí coincidió con la final de la Champions entre el Bayern de Munich y el Valencia. Nos juntamos todos en casa de un alemán para verla. Durante el partido nos estuvimos pinchando constantemente pero, cuando ganó el Bayern, brindamos con nuestros botellines de cerveza y nos dimos un abrazo. Me pareció increíble que chicos de nuestra edad se estuvieran matando en el mismo lugar apenas unas décadas atrás.
Cuando visito institutos suelen preguntarme si yo soy Hugo y si me lié con una italiana. No lo soy. Escribí la historia en primera persona porque me apetecía poder contar así las sensaciones del protagonista, pero nada más. Y no me lié con ninguna italiana, aunque conocí a una austríaca, Claudia, con la que congenié mucho... Pero yo tenía novia por entonces y estaba muuuuuy pillado. Tanto, que ahora es mi mujer y tenemos tres churumbeles. Casi nada.
Escribir El faro de la mujer ausente creo que me sirvió de terapia. Cuando lo estaba terminando, cuando mueren Klara, el farero y el director del orfanato, me cogí una buena llorera. De las de verdad. Me había quitado un peso de encima que duraba ya diez años.
No quiero aburriros más. Me sigue pareciendo alucinante el poder de la palabra escrita. Yo dejé mis sentimientos y sensaciones en un papel hace un montón de años, y esas palabras son capaces de conservarlos y transmitirlos a los lectores, mucho tiempo después.
Me alegra mucho saber que la historia de Hugo, Gabriella y Bernard os ha tocado el corazón tanto como a mí.
Un abrazo enorme. Nos vemos en los libros. O quizá en persona.
Si queréis seguirme, estoy en twitter e Instagram.  @davidfsifres

También en mi web:   www.davidfernandezsifres.es

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Imitando a Don Juan Manuel




Vuestra tarea consiste en leer los dos cuentos extraídos de  El conde Lucanor y tratar de escribir una versión actual de los mismos. Para ello debéis fijaros en los dos relatos que os dejo a continuación y después acceder a las instrucciones para realizar le trabajo que encontraréis pinchando AQUÍ:



DE LO QUE LE SUCEDIÓ A UN HOMBRE BUENO CON SU HIJO

Otra vez, hablando el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo que estaba muy preocupado por algo que quería hacer, pues, si acaso lo hiciera, muchas personas encontrarían motivo para criticárselo; pero, si dejara de hacerlo, creía él mismo que también se lo podrían censurar con razón. Contó a Patronio de qué se trataba y le rogó que le aconsejase en este asunto.

-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, ciertamente sé que encontraréis a muchos que podrían aconsejaros mejor que yo y, como Dios os hizo de buen entendimiento, mi consejo no os hará mucha falta; pero, como me lo habéis pedido, os diré lo que pienso de este asunto. Señor Conde Lucanor -continuó Patronio-, me gustaría mucho que pensarais en la historia de lo que ocurrió a un hombre bueno con su hijo.

El conde le pidió que le contase lo que les había pasado, y así dijo Patronio:

-Señor, sucedió que un buen hombre tenía un hijo que, aunque de pocos años, era de muy fino entendimiento. Cada vez que el padre quería hacer alguna cosa, el hijo le señalaba todos sus inconvenientes y, como hay pocas cosas que no los tengan, de esta manera le impedía llevar acabo algunos proyectos que eran buenos para su hacienda. Vos, señor conde, habéis de saber que, cuanto más agudo entendimiento tienen los jóvenes, más inclinados están a confundirse en sus negocios, pues saben cómo comenzarlos, pero no saben cómo los han de terminar, y así se equivocan con gran daño para ellos, si no hay quien los guíe. Pues bien, aquel mozo, por la sutileza de entendimiento y, al mismo tiempo, por su poca experiencia, abrumaba a su padre en muchas cosas de las que hacía. Y cuando el padre hubo soportado largo tiempo este género de vida con su hijo, que le molestaba constantemente con sus observaciones, acordó actuar como os contaré para evitar más perjuicios a su hacienda, por las cosas que no podía hacer y, sobre todo, para aconsejar y mostrar a su hijo cómo debía obrar en futuras empresas.

»Este buen hombre y su hijo eran labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado dijo el padre que irían los dos allí para comprar algunas cosas que necesitaban, y acordaron llevar una bestia para traer la carga. Y camino del mercado, yendo los dos a pie y la bestia sin carga alguna, se encontraron con unos hombres que ya volvían. Cuando, después de los saludos habituales, se separaron unos de otros, los que volvían empezaron a decir entre ellos que no les parecían muy juiciosos ni el padre ni el hijo, pues los dos caminaban a pie mientras la bestia iba sin peso alguno. El buen hombre, al oírlo, preguntó a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos hombres, contestándole el hijo que era verdad, porque, al ir el animal sin carga, no era muy sensato que ellos dos fueran a pie. Entonces el padre mandó a su hijo que subiese en la cabalgadura.

»Así continuaron su camino hasta que se encontraron con otros hombres, los cuales, cuando se hubieron alejado un poco, empezaron a comentar la equivocación del padre, que, siendo anciano y viejo, iba a pie, mientras el mozo, que podría caminar sin fatigarse, iba a lomos del animal. De nuevo preguntó el buen hombre a su hijo qué pensaba sobre lo que habían dicho, y este le contestó que parecían tener razón. Entonces el padre mandó a su hijo bajar de la bestia y se acomodó él sobre el animal.


»Al poco rato se encontraron con otros que criticaron la dureza del padre, pues él, que estaba acostumbrado a los más duros trabajos, iba cabalgando, mientras que el joven, que aún no estaba acostumbrado a las fatigas, iba a pie. Entonces preguntó aquel buen hombre a su hijo qué le parecía lo que decían estos otros, replicándole el hijo que, en su opinión, decían la verdad. Inmediatamente el padre mandó a su hijo subir con él en la cabalgadura para que ninguno caminase a pie.

»Y yendo así los dos, se encontraron con otros hombres, que comenzaron a decir que la bestia que montaban era tan flaca y tan débil que apenas podía soportar su peso, y que estaba muy mal que los dos fueran montados en ella. El buen hombre preguntó otra vez a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos, contestándole el joven que, a su juicio, decían la verdad. Entonces el padre se dirigió al hijo con estas palabras:

»-Hijo mío, como recordarás, cuando salimos de nuestra casa, íbamos los dos a pie y la bestia sin carga, y tú decías que te parecía bien hacer así el camino. Pero después nos encontramos con unos hombres que nos dijeron que aquello no tenía sentido, y te mandé subir al animal, mientras que yo iba a pie. Y tú dijiste que eso sí estaba bien. Después encontramos otro grupo de personas, que dijeron que esto último no estaba bien, y por ello te mandé bajar y yo subí, y tú también pensaste que esto era lo mejor. Como nos encontramos con otros que dijeron que aquello estaba mal, yo te mandé subir conmigo en la bestia, y a ti te pareció que era mejor ir los dos montados. Pero ahora estos últimos dicen que no está bien que los dos vayamos montados en esta única bestia, y a ti también te parece verdad lo que dicen. Y como todo ha sucedido así, quiero que me digas cómo podemos hacerlo para no ser criticados de las gentes: pues íbamos los dos a pie, y nos criticaron; luego también nos criticaron, cuando tú ibas a caballo y yo a pie; volvieron a censurarnos por ir yo a caballo y tú a pie, y ahora que vamos los dos montados también nos lo critican. He hecho todo esto para enseñarte cómo llevar en adelante tus asuntos, pues alguna de aquellas monturas teníamos que hacer y, habiendo hecho todas, siempre nos han criticado. Por eso debes estar seguro de que nunca harás algo que todos aprueben, pues si haces alguna cosa buena, los malos y quienes no saquen provecho de ella te criticarán; por el contrario, si es mala, los buenos, que aman el bien, no podrán aprobar ni dar por buena esa mala acción. Por eso, si quieres hacer lo mejor y más conveniente, haz lo que creas que más te beneficia y no dejes de hacerlo por temor al qué dirán, a menos que sea algo malo, pues es cierto que la mayoría de las veces la gente habla de las cosas a su antojo, sin pararse a pensar en lo más conveniente.

»Y a vos, Conde Lucanor, pues me pedís consejo para eso que deseáis hacer, temiendo que os critiquen por ello y que igualmente os critiquen si no lo hacéis, yo os recomiendo que, antes de comenzarlo, miréis el daño o provecho que os puede causar, que no os confiéis sólo a vuestro juicio y que no os dejéis engañar por la fuerza de vuestro deseo, sino que os dejéis aconsejar por quienes sean inteligentes, leales y capaces de guardar un secreto. Pero, si no encontráis tal consejero, no debéis precipitaros nunca en lo que hayáis de hacer y dejad que pasen al menos un día y una noche, si son cosas que pueden posponerse. Si seguís estas recomendaciones en todos vuestros asuntos y después los encontráis útiles y provechosos para vos, os aconsejo que nunca dejéis de hacerlos por miedo a las críticas de la gente.

El consejo de Patronio le pareció bueno al conde, que obró según él y le fue muy provechoso.

Y, cuando don Juan escuchó esta historia, la mandó poner en este libro e hizo estos versos que dicen así y que encierran toda la moraleja:

Por críticas de gentes, mientras que no hagáis mal,
buscad vuestro provecho y no os dejéis llevar.

DE LO QUE SUCEDIÓ A UNA MUJER QUE SE LLAMABA DOÑA TRUHANA

Otra vez estaba hablando el Conde Lucanor con Patronio de esta manera:

-Patronio, un hombre me ha propuesto una cosa y también me ha dicho la forma de conseguirla. Os aseguro que tiene tantas ventajas que, si con la ayuda de Dios pudiera salir bien, me sería de gran utilidad y provecho, pues los beneficios se ligan unos con otros, de tal forma que al final serán muy grandes.

Y entonces le contó a Patronio cuanto él sabía. Al oírlo Patronio, contestó al conde:

-Señor Conde Lucanor, siempre oí decir que el prudente se atiene a las realidades y desdeña las fantasías, pues muchas veces a quienes viven de ellas les suele ocurrir lo que a doña Truhana.

El conde le preguntó lo que le había pasado a esta.

-Señor conde -dijo Patronio-, había una mujer que se llamaba doña Truhana, que era más pobre que rica, la cual, yendo un día al mercado, llevaba una olla de miel en la cabeza. Mientras iba por el camino, empezó a pensar que vendería la miel y que, con lo que le diesen, compraría una partida de huevos, de los cuales nacerían gallinas, y que luego, con el dinero que le diesen por las gallinas, compraría ovejas, y así fue comprando y vendiendo, siempre con ganancias, hasta que se vio más rica que ninguna de sus vecinas.

»Luego pensó que, siendo tan rica, podría casar bien a sus hijos e hijas, y que iría acompañada por la calle de yernos y nueras y, pensó también que todos comentarían su buena suerte pues había llegado a tener tantos bienes aunque había nacido muy pobre.

»Así, pensando en esto, comenzó a reír con mucha alegría por su buena suerte y, riendo, riendo, se dio una palmada en la frente, la olla cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Doña Truhana, cuando vio la olla rota y la miel esparcida por el suelo, empezó a llorar y a lamentarse muy amargamente porque había perdido todas las riquezas que esperaba obtener de la olla si no se hubiera roto. Así, porque puso toda su confianza en fantasías, no pudo hacer nada de lo que esperaba y deseaba tanto.

»Vos, señor conde, si queréis que lo que os dicen y lo que pensáis sean realidad algún día, procurad siempre que se trate de cosas razonables y no fantasías o imaginaciones dudosas y vanas. Y cuando quisiereis iniciar algún negocio, no arriesguéis algo muy vuestro, cuya pérdida os pueda ocasionar dolor, por conseguir un provecho basado tan sólo en la imaginación.

Al conde le agradó mucho esto que le contó Patronio, actuó de acuerdo con la historia y, así, le fue muy bien.

Y como a don Juan le gustó este cuento, lo hizo escribir en este libro y compuso estos versos:

En realidades ciertas os podéis confiar,
mas de las fantasías os debéis alejar.